Ayer volví a unos pasillos que formaron parte de una etapa muy especial de mi vida.


Regresé a mi colegio Sagrada Familia (Pureza de María), ese territorio íntimo donde una aprende que el mundo es grande pero el miedo puede ser pequeño si alguien te mira con confianza. Participé, un año más, en las jornadas de salidas profesionales que organizan para orientar a los alumnos de Educación Secundaria y Bachillerato. Y mientras hablaba de caminos posibles, de decisiones inciertas y de vocaciones que a veces llegan como un susurro, me descubrí escuchando también a la niña que fui.


Las paredes estaban igual o eso me pareció, con esa mezcla de rutina y promesa que tienen los lugares donde uno aprende. Pero los chicos eran nuevos, vibrantes, llenos de esa energía que sólo se tiene cuando el futuro todavía no ha sido usado. Y no es por nada, pero al lado de los chicos, ahora mismo podría pasar como una alumna más. La edad, cuando se la mira con ironía, se vuelve un concepto bastante flexible.


Fue un honor compartir la mañana con tantos estudiantes inquietos, preguntándose qué hacer con su vida como quien sostiene un mapa aún sin desplegar. Hablamos de Filología, de Humanidades, de palabras. De cómo el lenguaje no es un adorno sino una herramienta poderosa para entender el mundo y, sobre todo, para entendernos. Este año me emocionó ver un interés creciente por las letras. En tiempos de prisas y pantallas, apostar por la reflexión y la cultura es casi un acto de valentía.


Gracias siempre por contar conmigo. A todo el equipo de profesorado, que sigue sembrando curiosidad con paciencia infinita. Y muy especialmente a Carmita, Directora de Educación Secundaria y Bachillerato, cómplice luminosa de estas jornadas que son mucho más que orientación académica: son un gesto de cuidado.


Volver me recordó que la vocación no es una meta fija sino una conversación constante con lo que somos. Y que, al final, lo importante no es elegir una carrera perfecta, sino aprender a hacerse buenas preguntas.
Porque dar a las letras el valor que merecen no es una consigna romántica: es una necesidad. Las palabras construyen pensamiento. Y el pensamiento, cuando es libre, construye futuro.


Salí de allí feliz. Con esa felicidad serena que da comprobar que el tiempo pasa, sí, pero también devuelve. Y comprendí, una vez más, que educar no es señalar un camino, sino encender una luz.


Carmen Olmedo Cabo
Filóloga y Directora Cultural Internacional de MODS